Siete libros que todo “hipster” debería leer.

Foto de Tumblr.

Creo que llego tarde con esta entrada, ya que hace poco leí que los hipsters estaban pasados de moda, que ahora se llevan los Yuccies, o nosequées. No estoy yo muy puesta en esto, de hecho ni siquiera tengo exactamente claro que significa “ser hipster”. Más o menos me hago una idea.

Entonces, si ni siquiera sabes bien qué son ¿cómo haces una entrada sobre los libros que deberían leer?

Gracias por la pregunta, querida, si lees atentamente verás que he puesto debería leer. Y no para ser hipster, ni yuccie, ni nada. Sólo, debería leerlos y punto.

No, en serio, me he informado. Me llamaban la atención, porque son los modernos de toda la vida; pero con un nombre más guay.

También he estado curioseando listas de libros, ya sabéis, para saber qué lee la gente. O mejor, qué dice leer. Porque del dicho al hecho, dicen, hay un trecho.

Las listas que leí son muy mainstream. Así que, aquí va la mía:

1- Todas recomiendan leer a Bukowski. Sí, Bukowski está muy bien y eso. Todo el mundo ha leído a Bukowski. Pero, ¿y Fante? Es uno de los grandes referentes del primero, Bukowski bebe de su estilo. Leed a John Fante, en concreto “Pregúntale al polvo”. Así sí pareces un enterao del tema. Me gustaría decir que ligas fijo si dices que lees a aquél que fue predecesor de Bukowski; pero la verdad es que no lo creo. A no ser que seas guapo/guapa. Entonces, como si dices que lees a Belén Esteban.

2- ¿Por qué no, en vez de leer “Madame Bovary”, lees La Regenta”? ¿Pero qué problema tienes tú con “Madame Bovary”? Yo ninguno. La pregunta es, ¿qué problema tiene el mundo con los autores españoles? Hay quien es capaz de leer a todos los grandes de la literatura extranjera, sin haber abierto un libro de autor patrio. Es algo que me irrita, he de reconocer. Sobre todo porque de algunos autores es difícil encontrar buenas traducciones (cada vez menos, afortunadamente), pero con la literatura española no hay ese problema. Leed a Clarín, por favor. Perdeos en Vetusta.

 

3- Sigo con el arranque patriótico: ¿Cambiamos a Nietzsche por Ortega y Gasset? Pros: mucho más fácil de pronunciar y escribir. No quedarás mal si te piden que lo deletrees.

Cons: Menos cool. Sé que no pueden compararse, en el fondo sólo quería poner de manifiesto que existen más autores que Platón, Aristóteles, Rousseau, Descartes, Nietzsche y Marx; que son los que te obligan a estudiar para la selectividad. Enlazando con este tema, y de Ortega: “Misión de la Universidad”.

 

4- En algunas listas he visto recomendar “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Nada que añadir en este caso, no hay equivalente posible, ni mejor libro que recomendar.

 

5- Vuelvo a la carga, pero sin patriotismo ya. Las distopías son muy hipster, he visto recomendar tanto “1984” de Orwell, como “Un mundo feliz” de Huxley. La primera más que la segunda, si hay que elegir: me quedo con Huxley, creo que su visión es más acertada.

Pero, ¿sabéis qué es aún más hipster? Leer a Thomas Moro, el autor de “Utopía”. Además ahora hay una serie muy molona del mismo nombre. De nuevo, dudo que os sirva para ligar; pero quien sabe, a lo mejor alguien piensa que sois un alto cargo de la Universidad, y tampoco ligáis; pero oye, por lo menos lo piensan.

6- “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Mucho Shakespeare, ¿y el teatro español qué? Elijo “La vida es sueño” de entre muchas obras y autores porque me da la gana y es un favorito personal. Mi lista, mis reglas. ¿Por qué ponerlo en esta lista? Porque la vida era tan mainstream que soñé otra.

7- Voy a poner a algún autor moderno, para que no penséis que no estoy in. De nuevo, optando por lo patrio(Aquí encontraréis el motivo, y es que hay que ser solidario con los autores españoles): Alberto Olmos.“Ejército Enemigo” es una de las opciones.

Esta es mi lista, ¿por qué siete y no diez, o cinco, o un número más redondo? Fácil, es lo que he tenido tiempo de escribir antes de que vengan a recogerme. ¿Has ligado? ¡Chst!

Foto Tumblr.

Resulta que si consigues no hablar de libros durante aproximadamente una hora… ¡ligas! Así que, ¿por qué no os olvidáis de la lista? Lo cool y lo guay no es leer.

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De exorcismos, compulsiones y recomendaciones de mierda.

¡Woah, woah!¡Para! Cada vez haces títulos más absurdos, ¿te estás creciendo, eh?

Sí, lo siento, me estoy creciendo, dando rienda suelta a lo que se me pasa por la cabeza. ¿Sabéis quién tiene la culpa? Vosotros. Sí, sois vosotros los que me hacéis caso, así que: culpa vuestra. En fin, es mi forma de dar las gracias a todos los que me seguís. Hace un poco más de un mes que empecé con este blog, y no pensaba que fuese a tener tan buena acogida. Habéis conseguido inflar mi ego; pero no pasa nada, ególatra y tonta ya lo era, no creo que esto agrave mucho el problema. Vale, vale, pero no seas demasiado tú, ¿eh? Aguafiestas.

**Advertencia este post es altamente subjetivo, completamente random y probablemente no contenga ninguna información de relevancia. Se harán múltiples menciones, referencias, y es un ejercicio de egomaniaquismo (sí, puede que me invente alguna palabra más). Si aún así queréis continuar, hacedlo bajo vuestra responsabilidad.**

El título, vayamos por partes (como diría Hannibal). Sigue leyendo

Je suis Madame Bovary.

“Madame Bovary” es el libro favorito de mi padre. No conocéis a mi padre, y por eso puede pareceros una afirmación como cualquier otra; pero no lo es. El libro favorito de mi padre es sobre una mujer infiel, escrito por un francés. Vaya. Yo conozco a mi padre, al menos todo lo que se puede conocer a una persona como él. Desde ese conocimiento parcial os diré: no es el estilo de mi padre. Si me hubiese dicho “El cantar del mio Cid”, “El Quijote”, una novela de Valle-Iclán, una obra de Lope… no me hubiese inquietado.

Pero es “Madame Bovary”. Vaya. Tiene varias copias, además. Para comparar traducciones, porque algunas contienen las cartas de Flaubert, por ¿sentimentalismo? Definitivamente, no es su estilo.

Supongo que esa revelación me hizo ver más allá de mi convencimiento acerca de que conoces a una persona por el simple hecho de haber pasado toda tu vida a su lado.

Las personas son como icebergs, sólo enseñan una pequeña parte de sí mismas; cuanto más cerca estás, menos ves el conjunto.

Como es habitual, mi padre fue mi héroe hasta cierta edad. Luego dejó de serlo, hay un momento en el que todos los defectos, hasta entonces ignorados, estallan. Tu padre ya no es Superman. De hecho, se convierte en un Lex Luthor, o peor.

Por fortuna, al menos en mi caso, esa fase también pasa. Y resulta que tu padre es una persona; como todas, puede ser mejor o peor, más o menos interesante o inteligente. Depende de la suerte que tengas.

No es fácil situar el momento exacto en el que te das cuenta de todas estas cosas. Quizás no ocurra de repente; pero yo, que soy muy dada a novelar, siento que siempre hay puntos de inflexión en todos los tránsitos vitales.

A veces siento que disecciono mi propia memoria, tratando de encontrar el momento exacto en el que cambié. O en el que me di cuenta de que algo había cambiado. No siempre lo consigo, incluso podría decir que es una tarea inútil, porque ya ha pasado: ¿qué más da?

No sé por qué lo hago; pero el hecho es que lo hago.

Quizás por eso la escena que he retenido con más fuerza de “Madame Bovary” es aquella en la que pierde la fe. Es un diálogo, no muy largo en el que entabla conversación con el cura. Puedes sentir como su fe pende de un hilo, desesperada acude a pedir ayuda, a buscar algo que la haga volver a creer. Porque ella quiere seguir creyendo.

El cura contesta con vaguedades, tiene prisa y simplemente no entiende lo que Emma quiere decirle. No entiende qué necesita Emma, porque a su vista, ella no necesita nada. Lo tiene todo. Él la despacha, sin más. En las frases de la mujer puede palparse la frustración, la incomunicación y la falta de entendimiento entre ambos personajes. Es un diálogo en el que cobra relevancia todo lo no dicho. Lo que no saben decirse es lo que hace que Emma renuncie a la fe. Al final de la conversación se corta ese hilo, ella se pierde, todo acaba.

Aparentemente es una conversación más, un nuevo encuentro; sobre todo para el sacerdote. Sólo que no lo es, es el momento exacto en el que pierde la fe. Deja de creer en Dios porque los Hombres no supieron entenderla, porque buscó ayuda y recibió un sermón más, porque suplicó dónde agarrarse y le dieron indicaciones generales y banales que no la mantuvieron.

¿Qué hubiese pasado si el sacerdote hubiera sido consciente de esa crisis de fe? ¿Si hubiese sido capaz de mirar más allá? ¿Si se hubiese preocupado por descubrir el verdadero tormento de la dama? ¿Se hubiese salvado?

Sólo vio una mujer que quería un poco de conversación, o tal vez una genérica reafirmación sobre el cristianismo. Quizás no vio nada, de tan obcecado que estaba en su propia fe y quehaceres. No escuchó el grito de ayuda desesperado que era ese acercamiento. No supo entender un gesto ajeno, no pudo comprenderlo. Al final, se reduce a una confusión. Es de esperar que si el sacerdote hubiese conocido de la situación de Emma, hubiese tratado de ayudarla. ¿Pero qué mensaje ha de llegar entre un teléfono roto y uno desconectado? Ninguna. Ambos son incompatibles.

Tal vez esa sea la razón por la que analizo el momento exacto en el que ocurre cada cambio, para conocer si se produjo por la incapacidad de comunicación, o por no haber sabido reconocer en un gesto lo que realmente se quería transmitir con él.

¿Cuándo mi padre me da un libro sólo es eso, un libro? ¿O es mucho más?

No sé por qué le gusta a mi padre “Madame Bovary”, alcanzo a intuir una parte, en todo caso. Sé por qué me gusta a mí. Sé que la escena anterior es mi favorita de todo el libro. Sé que lo leí en una habitación de hostal en Dublín, del tirón y sin dormir, completamente sola. Sé que me tumbé bocabajo en la cama que olía a pies y estuve dándole vueltas hasta que tuve que irme a trabajar. Sé que eso será siempre parte de “Madame Bovary” para mí, porque un libro nunca es un simple libro. No para mí.

¿Y para el resto? Supongo que tampoco.

¿Y para mi padre? Ojalá lo supiese. Todavía estoy intentando reparar ese teléfono y encontrar una buena toma de tierra para el otro, que no se diga que no hice el esfuerzo. Algún día llegará un mensaje limpio y claro.

Para los demás, tengo un mensaje diáfano: Leed “Madame Bovary”. Es el mejor retrato que he leído en mi vida.

¿Sabéis lo que exclamó Flaubert al acabar la novela? Me lo contó mi padre, dijo: “Je suis Madame Bovary”.

**Edito esta entrada a posteriori para poner de manifiesto lo siguiente: Lo que dijo Flaubert es “Madame Bovary: Ces’t moi” (o eso dicen), pretendía ser un guiño sobre el tema tratado en el texto: Mi padre siempre me cuenta esta historia en español, y puesto que no sabe francés hace una traducción literal, que sería “Je suis Madame Bovary”. Yo sé que no es exactamente lo que dijo el autor, y aunque sé que mi papá no es un Superman, sé que tampoco es Lex Luthor, es una persona y tiene pequeños fallos, pero en esencia sigue siendo una especie de héroe. Aunque era un guiño que se confunde con un parpadeo. Mea culpa.

“Ciudades de papel”, el libro que tus padres quieren que leas.

He empezado esta “crítica” tres veces, o más, dudando a cada palabra. Hay demasiadas cosas de este libro que podría criticar. Así que me centraré en la que considero más relevante: es un libro descafeinado.

Dejando a un lado cómo esté escrito o deje de estar escrito, la relevancia de lo plasmado, o el desarrollo de los personajes… Quiero hablar del mensaje.

El mensaje es “Haz locuras: vive tu vida”, pero luego viene la letra pequeña. Y esa letra pequeña es la siguiente: Haz locuras, consistentes en hacer un viaje en coche con tus amigos, sin sobrepasar los límites de velocidad y turnando el conductor porque la seguridad es lo primero. Además avisa a tus padres, para que no se preocupen, y hazlo una vez ya hayas sacado todo matrículas en el instituto y vayas a ir a la universidad que quieras. Hazlo sin que ello impida que tengas una vida normal, que puedas casarte, tener hijos y ser muy feliz.

Supongo que está muy bien que un libro te recomiende seguridad, prudencia y control; yo tengo alguno al respecto, ese que te dan para sacarte el carnet de conducir, y el de las instrucciones de la maquina de cortar el pelo; el primero lo leí por necesidad, el segundo la verdad es que no.

¿Y sabéis por qué? Porque, ¿quién quiere leer un libro de locuras controladas? Claro, que esa no es una buena pregunta cuando estás hablando de un súper ventas.

Eso me llevó a pensar que vivimos en una sociedad de pura estética, porque eso es lo único que le he sacado al libro: pose, estética y autoafirmación. Sigue leyendo

¿Me han retado?

¿Un duelo? ¿Me han retado a un duelo? ¿Espadas o pistolas? Que no, que no es un duelo…

¿Un reto? ¿De qué? Me encantan los retos, ¿puedo comer pepinillos en todas las comidas? Los retos de pepinillos son mis favoritos, descubres un montón de cosas, como que con mantequilla de cacahuete se pueden comer. ¡No! ¡No es eso! ¡Pesada!

¡Ahhh! Es una nominación de natified  para escribir 3 citas a lo largo de 3 días… Puedes hacerlo mientras comes pepiniiiiillooos. ¡Toma ya!

Reglas
1. Agradece a quién te nominó
2. Publica una cita literaria durante tres días consecutivos
3. Nomina a tres bloggers nuevos cada día.

En primer lugar, quiero dar las gracias a natified por nominarme y pensar en mí. Me encanta hacer listas, cosa que dudo que supiese. Así que ésta una oportunidad para poner numeritos y hablar de mí misma. Eso lo haces habitualmente… Sí, pero esta vez ¡Me lo han pedido!

Además, después de una semana de pérdida de seguidores en Twitter y esas cosas, iba yo llorando por los pasillos… No has llorado por los pasillos. Es una forma de hablar. Ah, ya lo sé. No has llorado por los pasillos. Está bien, es para que sepáis que tengo Twitter. ¿Me dejas seguir? Sí… Eso, que esto es una alegría. Ya no sé bien qué estaba diciendo.

Natified, muchas gracias. Visitadla, decidle hola, y esas cosas. Dejo los agradecimientos ya, porque no sé muy bien qué decir.

En segundo lugar, publicar citas literarias. No van a ser tres días, va a ser uno. ¿Por qué? Bueno, cuando leáis la primera lo entenderéis. Mientras haré una introducción porque es domingo y porque me apetece. Hoy estás especialmente histriónica, querida. Oh, sí, ¿os he dicho que mañana me voy de vacaciones? Lo que yo decía, in-so-por-ta-ble.

El subtítulo de mi blog es “Amor, Ego y RockandRoll”. Son las tres cosas que -a mí parecer- me definen, y es de aquello que hablo constantemente. ¡Si hablas de libros un montón! Sí, porque los libros son esas tres cosas, son amor, son yo y son Rockandroll.

Así que una frase/cita para cada cosa, cuadra bastante bien. Para que veáis por dónde van los tiros, empiezo por el último:

Sigue leyendo

“Las ventajas de ser un marginado”, un libro que no voy a leer.

¿Os acordáis de tener diecisiete años? ¿Quince? ¿Dieciséis? Yo sí, un poco.

Yo era rara, rarita, por así decirlo. Sé (ahora) que todos los adolescentes se sienten un poco marginados e incomprendidos. Pero a los diecisiete años no lo sabía. Aún así, hay unos adolescentes más raros que otros. Y yo era de los más, supongo.

Una temporada llevaba el pelo a lo chico por delante y con greñas por detrás, también he llevado el pelo muy corto asecas, con tupé, con patillas… Los ojos con sombra negra, los labios morados, collar de pinchos, uñas negras, calentadores en pies y manos, solo en manos, medias de rejilla por guantes, camisetas cortadas, imperdibles, botas altas, Converse hasta la rodilla, pantalones anchos, pantalones rotos, pelo azul (y ahí ya no entraba en adolescente, canónicamente hablando), mediocresta, pelo rojo, pantalones a cuadros, chupa de cuero, pantalones de cuero…

En fin, creo que lo pilláis.

Eso, en el aspecto estético. Además me gustaba leer, mucho. Sacaba buenas notas, así que era empollona. Era borde y cínica, quizá demasiado para esa edad. Y tenía todas las inseguridades, dudas existenciales, miedos, confusión, angustia y mierdas que tienes toda la vida  cuando tienes diecisiete años.

Bueno, creo que eso también lo pilláis.

El caso, es que yo era yo, sin poder evitarlo. Y eso llegaba a molestarme mucho. Porque, quizás, sería mucho más fácil ser otra, una chica normal. Jugueteaba con esa idea, pero cambiar se me antojaba como una traición a mí misma. Obviando el hecho de que intentar ser normal no garantizaba conseguirlo, y eso era aún peor. A veces pensaba en tirar toda mi ropa a la basura, la colección de discos, los libros… Luego se me pasaba, no no no no, sé fiel a ti misma, sé fiel a ti misma.

Pensaba mucho en los personajes de mis libros preferidos, Jean Valjean, D’artagnan, Sherlock Holmes. ¿Iba a abandonarlos? Eran tipos estupendos, eran más que eso, eran geniales. Y no sólo me gustaban a mí, tenían que gustarle a más gente. Si no, no serían grandes libros, ¿no?

Así que, resolvía, en algún momento encontraría más gente rara.

Podría hablar de como crecí entre bloggers, porque crecí entre ellos en ese sentido, y ahí fue dónde encontré a esa gente rara, en la distancia. Pero no quería hablar de eso hoy.

Tuve un amigo (no únicamente, ¿eh? ¡Tenía más!) que era sólo un poco raro, lo suficiente como para que yo le cayese bien (a mí entender de entonces); pero no tanto como para no ser aceptado con carácter general, e incluso un poco guay.

Un día, una chica “popular” de mi clase le dijo que si yo fuese vestida como todo el mundo y fuese, en fin, normal, podría ser hasta guapa.

Todo esto me lo contaba con un deje de indignación.

Yo, he de confesar, que sentí una punzada de alegría en el estómago: Es decir, que… ¿si cambiaba podría ser aceptada?

Él no acabó ahí la historia, sin embargo.

Siguió, con la voz un poco aguda, propia de la edad: “Y yo le he dicho que se callase, que tú estabas perfecta tal y como estabas”

El pinchazo de antes no fue nada comparado con el que sentí en ese momento. Era la primera vez que alguien me defendía. La primera.

También era la primera vez que alguien me decía que no había nada malo conmigo, que entendía que yo era yo, y no había nada que hacer con eso. Y era la primera vez que a alguien, el que yo fuese yo, le parecía bien. No sólo bien, perfecto.

Ese día descubrí la lealtad.

No entendía por qué mi amigo iba a arriesgarse a contradecir a todo el mundo, por mí. Cuando ni siquiera yo misma tenía muy claro si todo estaba bien conmigo. Aún así lo había hecho, le daban igual las consecuencias, y estaba dispuesto a que se riesen un poco de él por defenderme. Porque no podía abandonarme. Como yo tampoco podía abandonar mis libros, mi música, mi duda eterna y mi melancolía, o mis queridos personajes favoritos. Entendí que yo también debía ser leal a mí misma, como ya intuía, con todas las consecuencias (pero es mucho más fácil cuando alguien te apoya en eso de creer en ti misma.)

Curiosidades de la vida, ese amigo ya no lo es; pero eso de nuevo, es otra historia.

Porque de lo que yo realmente quería hablar hoy es de un libro: “Las ventajas de ser un marginado.”

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Mis fotos hechas con mi maravilloso móvil no tienen desperdicio. Lo sé.

No he leído el libro, he visto la película. Razones hay, lo prometo.

“Las ventajas de ser un marginado” me hubiese encantado si la hubiese leído cuando tenía diecisiete, quince, dieciséis años. Porque es el libro perfecto cuando eres un rarito.

Habla de la amistad, ante todo; y como eso cambia a una persona. Como salva a una persona. Si habéis leído el libro, o visto la película, entenderéis la conexión entre éstos y lo que acabo de relatar. La amistad y la lealtad son vasos comunicantes, con los amigos se comparten gustos e intereses; pero sobre todo se hace piña, y las espaldas quedan cubiertas. Sigue leyendo

Diez consejos para un escritor novel.

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Fotos, aunque sean de mierda, siempre amenizan la lectura.

Ante todo, quiero comenzar este artículo compadeciéndome de ti: Lo siento. Qué putada que hayas decidido ser escritor. ¿Es vocacional o es que no se te daba bien nada más? ¿No tienes un trabajo de verdad?

Si esto empieza a tocarte las pelotas, dedícate al parchís para daltónicos; porque o te acostumbras o te saldrá una úlcera. Aunque también puedes ser escritor y ulceroso, para ser triste física y mentalmente. Un partidazo.

Podemos decir que este es el primer consejo: Acostúmbrate a que nadie te tome en serio.

Y como estoy en racha, sumo el segundo consejo: Aprende a que todo el mundo te compadezca y piense que eres un vago.

Todo esto, cuanto antes mejor.

Necesitas un “lector beta” que juzgue lo que escribes. ¿Ya tienes uno? Bien. ¿Te lo follas? ¿Hay posibilidades de que te lo folles? ¿Piensa él o ella que puede follar contigo? Si alguna de estas preguntas es afirmativa: no vale.

Tercer consejo: Ten un lector beta “objetivo”.

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El Monstruo de los Calcetines

“No puedo quedarme a dormir” le dije. El insistió y yo tuve que confesar: “No tengo calcetines”. Era verano. “¿Y qué?” No comprendió. Dudé y me sonrojé.

Tuve que contarle que en mi cama hay un monstruo devorador de calcetines, me acuesto calzada en tela y me levanto con los pies desnudos. Luego, es imposible encontrarlos.

“Pero si no llevas no te los puede quitar, y ni siquiera estás en tu cama.”

Pensé en darlo por perdido. Este chico no entiende nada.

Aún así me explique: “Si no pagas el tributo de calcetines diario, tomará represalias con los deditos de los pies. Es un minotauro de somieres. Pero me persigue allá donde voy. Un poltergeist de colchón.” Confesado mi estigma, pensé que me dejaría marchar.

No. Prefirió traer calcetines para ambos, preguntando si así me quedaría. “Sí, claro”, había ofrecido sacrificio.

A la mañana siguiente, desperté como es habitual: con sueño y maldiciendo mi suerte. No me gusta madrugar. Puse ambos pies en el suelo, notando frío sólo en uno de ellos.

Me giré y allí estaba él, moviendo sus deditos descubiertos, pero intactos. Sonreía. “Lo siento” tartamudeé. Lo había convertido en víctima parcial del maleficio. Por mi culpa tenía dos calcetines sin pareja. Él simplemente soltó una carcajada y me preguntó qué desayunaba. “¿Cereales?”

Desde entonces compartimos monstruo y nunca llevamos calcetines a conjunto.