“Las ventajas de ser un marginado”, un libro que no voy a leer.

¿Os acordáis de tener diecisiete años? ¿Quince? ¿Dieciséis? Yo sí, un poco.

Yo era rara, rarita, por así decirlo. Sé (ahora) que todos los adolescentes se sienten un poco marginados e incomprendidos. Pero a los diecisiete años no lo sabía. Aún así, hay unos adolescentes más raros que otros. Y yo era de los más, supongo.

Una temporada llevaba el pelo a lo chico por delante y con greñas por detrás, también he llevado el pelo muy corto asecas, con tupé, con patillas… Los ojos con sombra negra, los labios morados, collar de pinchos, uñas negras, calentadores en pies y manos, solo en manos, medias de rejilla por guantes, camisetas cortadas, imperdibles, botas altas, Converse hasta la rodilla, pantalones anchos, pantalones rotos, pelo azul (y ahí ya no entraba en adolescente, canónicamente hablando), mediocresta, pelo rojo, pantalones a cuadros, chupa de cuero, pantalones de cuero…

En fin, creo que lo pilláis.

Eso, en el aspecto estético. Además me gustaba leer, mucho. Sacaba buenas notas, así que era empollona. Era borde y cínica, quizá demasiado para esa edad. Y tenía todas las inseguridades, dudas existenciales, miedos, confusión, angustia y mierdas que tienes toda la vida  cuando tienes diecisiete años.

Bueno, creo que eso también lo pilláis.

El caso, es que yo era yo, sin poder evitarlo. Y eso llegaba a molestarme mucho. Porque, quizás, sería mucho más fácil ser otra, una chica normal. Jugueteaba con esa idea, pero cambiar se me antojaba como una traición a mí misma. Obviando el hecho de que intentar ser normal no garantizaba conseguirlo, y eso era aún peor. A veces pensaba en tirar toda mi ropa a la basura, la colección de discos, los libros… Luego se me pasaba, no no no no, sé fiel a ti misma, sé fiel a ti misma.

Pensaba mucho en los personajes de mis libros preferidos, Jean Valjean, D’artagnan, Sherlock Holmes. ¿Iba a abandonarlos? Eran tipos estupendos, eran más que eso, eran geniales. Y no sólo me gustaban a mí, tenían que gustarle a más gente. Si no, no serían grandes libros, ¿no?

Así que, resolvía, en algún momento encontraría más gente rara.

Podría hablar de como crecí entre bloggers, porque crecí entre ellos en ese sentido, y ahí fue dónde encontré a esa gente rara, en la distancia. Pero no quería hablar de eso hoy.

Tuve un amigo (no únicamente, ¿eh? ¡Tenía más!) que era sólo un poco raro, lo suficiente como para que yo le cayese bien (a mí entender de entonces); pero no tanto como para no ser aceptado con carácter general, e incluso un poco guay.

Un día, una chica “popular” de mi clase le dijo que si yo fuese vestida como todo el mundo y fuese, en fin, normal, podría ser hasta guapa.

Todo esto me lo contaba con un deje de indignación.

Yo, he de confesar, que sentí una punzada de alegría en el estómago: Es decir, que… ¿si cambiaba podría ser aceptada?

Él no acabó ahí la historia, sin embargo.

Siguió, con la voz un poco aguda, propia de la edad: “Y yo le he dicho que se callase, que tú estabas perfecta tal y como estabas”

El pinchazo de antes no fue nada comparado con el que sentí en ese momento. Era la primera vez que alguien me defendía. La primera.

También era la primera vez que alguien me decía que no había nada malo conmigo, que entendía que yo era yo, y no había nada que hacer con eso. Y era la primera vez que a alguien, el que yo fuese yo, le parecía bien. No sólo bien, perfecto.

Ese día descubrí la lealtad.

No entendía por qué mi amigo iba a arriesgarse a contradecir a todo el mundo, por mí. Cuando ni siquiera yo misma tenía muy claro si todo estaba bien conmigo. Aún así lo había hecho, le daban igual las consecuencias, y estaba dispuesto a que se riesen un poco de él por defenderme. Porque no podía abandonarme. Como yo tampoco podía abandonar mis libros, mi música, mi duda eterna y mi melancolía, o mis queridos personajes favoritos. Entendí que yo también debía ser leal a mí misma, como ya intuía, con todas las consecuencias (pero es mucho más fácil cuando alguien te apoya en eso de creer en ti misma.)

Curiosidades de la vida, ese amigo ya no lo es; pero eso de nuevo, es otra historia.

Porque de lo que yo realmente quería hablar hoy es de un libro: “Las ventajas de ser un marginado.”

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Mis fotos hechas con mi maravilloso móvil no tienen desperdicio. Lo sé.

No he leído el libro, he visto la película. Razones hay, lo prometo.

“Las ventajas de ser un marginado” me hubiese encantado si la hubiese leído cuando tenía diecisiete, quince, dieciséis años. Porque es el libro perfecto cuando eres un rarito.

Habla de la amistad, ante todo; y como eso cambia a una persona. Como salva a una persona. Si habéis leído el libro, o visto la película, entenderéis la conexión entre éstos y lo que acabo de relatar. La amistad y la lealtad son vasos comunicantes, con los amigos se comparten gustos e intereses; pero sobre todo se hace piña, y las espaldas quedan cubiertas.

Cuando tienes diecisiete años (o dieciséis, o quince) necesitas que alguien te diga que estás bien, que no hay ningún problema contigo. Lo necesitas toda la vida, la verdad. Pero a esa edad más. No sabes quién eres, te estás haciendo, y necesitas que alguien te diga que la cocción va bien, que no te has pasado con la sal, y que se nota que el Avecrem es del bueno. Necesitas no estar solo. Necesitas sentirte querido, arropado y protegido.

Como decía, lo necesitas toda la vida; pero es que, a los diecisiete años, además se acaba el mundo a cada segundo. Cada emoción es la primera, cada sentimiento es nuevo, todo es extremo y devastador. No hay puntos medios. Todo es infinito, nosotros somos infinitos. El dolor, la angustia, el miedo, el amor, la alegría, la pasión. Todo, es infinito.

Ojalá hubiese leído este libro con diecisiete años.

No lo hice. Vi la película unos cinco o seis años después.

La vi con mi hermana pequeña en un cine de reestreno. Y no me arrepiento. Porque cuando dejas de tener diecisiete años se te olvida cómo se sentía tenerlos. Olvidas que el mundo se acababa a cada instante, que no podías contener tus sentimientos, y que sólo querías gritar. Alegría y tristeza eran inseparables. La música hablaba de ti. Cada momento era irrepetible. El aire tenía sabor según tu estado de ánimo.

Lo olvidas, e ignoras que hay quien tiene diecisiete años y se siente así.

Yo no quiero olvidar nunca el tener diecisiete años, porque es parte de quien soy ahora; y, sobre todo, porque me hubiese gustado que alguien me hubiese comprendido entonces.

Este es un libro que recomiendo a todo el mundo, tenga la edad que tenga, para que nunca se olvide lo que es ser un adolescente. Porque todos lo hemos sido. Y porque todos buscamos, al menos en parte, sentir como sentíamos entonces.

También, porque hay a nuestro alrededor quien es un adolescente. Quizá, recordando un poco, limemos las asperezas y seamos un poco más comprensivos; hagamos más llevadera la ebullición de emociones que cargan, y consigamos que no se sientan tan solos. ¿Por qué? Y yo qué sé, últimamente me siento un poco así, comprensiva. No es propio de mí, lo sé, lo sé; pero así estoy.

Salí del cine con mi hermana, que si no tenía diecisiete años, tendría dieciséis. Se compró el libro y lo leyó. Me dijo que era mucho mejor que la película, sonreí porque es una afirmación habitual y porque mi hermana ya apuntaba maneras de cooltureta. Pero yo no leí el libro, que como podéis observar en la maravillosa foto adjunta, pese a tenerlo.

A día de hoy cada vez que alguien hace mención al libro o película, yo señalo “Mi hermana lo ha leído, pregúntale a ella”.

Porque cuando uno tiene diecisiete años, todo el mundo sabe más, todo el mundo ya conoce, y todo el mundo te dice qué pasará, qué hay que hacer, qué está bien y qué está mal.

Yo con su edad hubiese matado porque alguien me hubiese preguntado sobre un libro, y me hubiese escuchado con interés hablar sobre él. Hubiese matado porque alguien reconociese que no sabía algo que yo sí: y así, no sentirme tan imperfecta.

Por eso, por ahora, no pienso leer ese libro.

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10 thoughts on ““Las ventajas de ser un marginado”, un libro que no voy a leer.

  1. Que especial es ser adolescente. Ojo, digo especial, no digo ni malo ni bueno ni ostias en vinagre. En mi caso fue un poco como sentirse solo en mitad de unos fuegos artificiales que truenan tan alto que impiden que te des cuenta de tu situación. Tócate los cojones el símil de mierda que acabo de hacer. Pido disculpas.

    En el fondo, independientemente de la adolescencia que se haya vivido, se vuelve a ella una y otra vez. En forma de recuerdo nostálgico, de reproche pasado, de anécdota curiosa. Muy especial.

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  2. ¡Cuántos recuerdos traiste a mi memoria! En verdad que a esa edad todo es bastante complicadito.
    Vi la película hace un tiempo pero no estuve ni cerca de tener una reflección como esta.
    Me dieron ganas de leer el libro.

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  3. Yo también vi la peli y no me leí el libro jaja 😛
    La vi no hace mucho, con 17 (ahora tengo 20), y la verdad es que me gustó. La historia es bonita y tiene un buen mensaje pero, siendo sinceros, lo que más me gustó es que los actores, si bien no tienen 17 años, al menos los aparentan. Basta ya de Zack Efrons haciéndose pasar por niños de 16 años, que uno llega al instituto esperándose eso y te miras al espejo y te entra una depresión de caballo. En fin jajaja

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  4. Reblogueó esto en How to save a lifey comentado:
    Me siento completamente identificado con este post aunque con algunas diferencias pero nada importante. Es, sin duda, una de las películas y libros que más me han hecho darme cuenta de lo que valgo y que sin duda también me han hecho llorar. Espero que os animéis a hacer lectura y aprovechar estos post para conocer ese maravilloso libro y película.

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