Se busca príncipe azul para dar celos a una rana.

Érase una vez una princesa encaprichada de una rana. Tenía la piel rugosa, verde, húmeda y croaba todas las mañanas bajo su ventana. No la princesa, la rana.

Bella, así se llamaba. Esta vez la princesa, no la rana.

Sabía que con un beso dejaría de ser un anfibio, para ser realeza. Pero el maldito bicho no se dejaba.

¿A Bella le gustaban las ranas? No especialmente, es lógico. ¿A quién le gustan las ranas a parte de a los franceses? Son viscosas, pestilentes y comen moscas.

Pero ahí radicaba el problema: a nadie le gustan las ranas (excepto a los franceses). ¿Quién querría ser una?

El anfibio cabezota seguía en su charca, pese a las indirectas y halagos de la, cada vez más, desesperada muchacha.

La realeza nunca pierde la cabeza (excepto la francesa), ni se da por vencida (excepto… ¿hace falta que lo diga?); así que resuelta, tomó la siguiente medida:

“Se busca príncipe azul para dar celos a una rana tituló el anuncio, sincera. Y firmó: Bella, princesa.

Se personaron 1000 pretendientes, algunos incluso valían la pena. Cualquiera le valía, sin embargo; no buscaba nada serio. Aunque, puestos a elegir, se quedó con un moreno.

Moreno, alto y guapo; de espaldas anchas y fuertes, brazos de luchador y espada en cinto. Qué guapo es el cabrón, pensaba la princesa.

Y la rana, nada, fingía que no le importaba. O es que no le importaba. La princesa redobló sus esfuerzos, paseaba por la charca del brazo de aquel apuesto caballero: un día sí, otro también, y otro de nuevo.

Un día el bicho verde apareció acompañado de una ranita gris de finas ancas y lunares lilas (que a los franceses, mucho, no les hubiese gustado)

¿Pero qué se cree el desgraciado? Enfureció la princesa. Se va a enterar: ahora me caso.

Así lo hizo y en el banquete real cenaron ancas de rana.

¿Moraleja?

Yo qué sé. ¿A la rana le da igual que se la coman? Lo dudo mucho… Pero quizás le importa menos que se la coman que estar con la puta princesa. O quizá simplemente a las ranas les gusta ser ranas.

Otra visión es que comerte los problemas no arregla nada, ¿o sí? Muerto el perro (en este caso la rana) se acabó la rabia.

Aunque también se puede concluir, que comer ancas de ranas es repugnante y cruel, y que sólo les gusta a los franceses. ¿Y a la realeza?

PD: Subo tarde, y este despropósito porque el día ha empezado con la cafetera rota y eso no augura NADA bueno. Así que aprovecho un descanso para dejaros esto que tenía por el ordenador. Total, es viernes (y sin café), así que valen los sinsentidos.

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16 thoughts on “Se busca príncipe azul para dar celos a una rana.

  1. Ahora está la pobre princesa con un tío al que no quiere, que está con ella por dinero, y en cuanto encuentre otra rana se vuelve a pillar por ella… Muy bueno el cuento. Espero que el día no esté siendo tan malo y que hayas podido conseguir a alguien que te invité a un café.

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  2. Jajajaja muy divertido. No he podido evitarlo y lo he compartido por el grupo de whatsapp con mis amigos y me han dicho que te comunique que les ha gustado mucho. A mi también 😉
    Coincido con la rana, yo tampoco querría estar con una persona que pretende cambiarme.

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  3. De seguro las ranas estaban desabridas en el banquete de bodas… O en la dulce “venganza” de la princesa Bella resultaron ser exquisitas.
    Estupendo cuento, me ha gustado mucho.
    Saludos para ti.
    🙂
    ¡Buen fin de semana!

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