La boda de mi mejor amiga.

Sobreviví a la boda de mi mejor amiga. O la que alguna vez lo fue.

 

Me fui pronto. No pintaba mucho allí. Yo sólo era un recuerdo del pasado, una prueba de que ella había sido otra persona y había tenido otra vida. Completamente distinta de la que tenía ahora.

 

No lloré. Y eso que le advertí a Jota que podía ponerme a llorar en cualquier momento. Me había pasado todo el día tratando de no quebrarme. El tiempo pesa, las personas cambian, los sueños mueren y ¿en qué nos convertimos? Soy muy dramática con lo de envejecer. Con lo de hacerme mayor. Con lo de perderme. Porque todo esto iba de mí, claro, como no, egoísta de mierda.

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Excusas baratas a una ausencia que no necesita ser justificada

¿Estoy viva? Estoy viva.

¿Estoy desaparecida del blog? Estoy desaparecida del blog.

¿Alguna pregunta más? ¿No? Empecemos por las respuestas.

 

Estas últimas semanas han sido un torbellino. En el buen sentido, en su mayoría. He tenido una boda, un bautizo, mi hermana me obligó a apuntarme a Yoga para tratar de reducir la ansiedad y el estrés. Podría escribir siete entradas sobre “sobrevivir a una clase de Yoga”: “Sobrevivir a una clase de Yoga a 40º”, sin necesidad de añadir ningún otro detalle, eso es suficiente; “Sobrevivir a una clase de Yoga cuando a ti lo que te gusta es hacer pesas”; “Sobrevivir a una clase de Yoga en la que todo el mundo carece de articulaciones, excepto tú, que pareces reunir las de todos los presentes”

En fin, en ese rollo. Pero no voy a hablar de eso hoy. La semana que viene vuelvo a ello, así tendré las ideas más frescas.

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