Los cuentos de antes.

En los cuentos que acababan “fueron felices y comieron perdices”,  el protagonista era la perdiz. Eso fue antes de Disney.

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Rapunzel.

Un día Rapunzel cogió la máquina de cortar el pelo y se lo dejó al uno con trasquilones. Estaba cansada de no poder ser nada más que “la chica del pelo largo”.

¿Por qué se hace eso una chica tan guapa como tú?

Bajó por las escaleras, sin dar explicaciones. Es un esfuerzo inútil.

Se busca príncipe azul para dar celos a una rana.

Érase una vez una princesa encaprichada de una rana. Tenía la piel rugosa, verde, húmeda y croaba todas las mañanas bajo su ventana. No la princesa, la rana.

Bella, así se llamaba. Esta vez la princesa, no la rana.

Sabía que con un beso dejaría de ser un anfibio, para ser realeza. Pero el maldito bicho no se dejaba.

¿A Bella le gustaban las ranas? No especialmente, es lógico. ¿A quién le gustan las ranas a parte de a los franceses? Son viscosas, pestilentes y comen moscas.

Pero ahí radicaba el problema: a nadie le gustan las ranas (excepto a los franceses). ¿Quién querría ser una? Sigue leyendo

La rana que fue príncipe.

Era rubio, joven, de ojos azules, rebelde, triste y enfadado con el mundo. Cantaba, salía, gritaba, soñaba y bebía demasiado. Y yo, yo quería echarme a perder. Me enamoré de él porque era todo Rock and Roll, todo lo que no necesitas, a quien debes evitar y nunca presentárselo a tus padres.

Le admiraba, le quería, le seguía a cualquier parte: al fin del mundo que llegaba cada amanecer. En un parque.

Pasaron noches de verano con pantalones largos y cerveza caliente. En el metro. Inviernos de chupas de cuero y cigarros apresurados en la puerta del bar. En un concierto.

Luego la rana resultó ser príncipe. Más de mamadas, gintonics y soul; que de sexo, drogas y Rock and Roll.

El Monstruo de los Calcetines

“No puedo quedarme a dormir” le dije. El insistió y yo tuve que confesar: “No tengo calcetines”. Era verano. “¿Y qué?” No comprendió. Dudé y me sonrojé.

Tuve que contarle que en mi cama hay un monstruo devorador de calcetines, me acuesto calzada en tela y me levanto con los pies desnudos. Luego, es imposible encontrarlos.

“Pero si no llevas no te los puede quitar, y ni siquiera estás en tu cama.”

Pensé en darlo por perdido. Este chico no entiende nada.

Aún así me explique: “Si no pagas el tributo de calcetines diario, tomará represalias con los deditos de los pies. Es un minotauro de somieres. Pero me persigue allá donde voy. Un poltergeist de colchón.” Confesado mi estigma, pensé que me dejaría marchar.

No. Prefirió traer calcetines para ambos, preguntando si así me quedaría. “Sí, claro”, había ofrecido sacrificio.

A la mañana siguiente, desperté como es habitual: con sueño y maldiciendo mi suerte. No me gusta madrugar. Puse ambos pies en el suelo, notando frío sólo en uno de ellos.

Me giré y allí estaba él, moviendo sus deditos descubiertos, pero intactos. Sonreía. “Lo siento” tartamudeé. Lo había convertido en víctima parcial del maleficio. Por mi culpa tenía dos calcetines sin pareja. Él simplemente soltó una carcajada y me preguntó qué desayunaba. “¿Cereales?”

Desde entonces compartimos monstruo y nunca llevamos calcetines a conjunto.

Ni virgen, ni mártir.

Lola puñales no cree en Dios porque le asusta. No es Virgen porque le han roto el corazón.

Sabe que su nombre, Dolores, recuerda el sufrimiento de Siete Espadas atravesándolo. Pero el suyo está roto, no trinchado. No aguantaba el dolor. Ella no quiere sufrir. Ni Virgen, ni Mártir. Por eso lo cambió, el nombre, no el corazón, que no se puede (y piensa que es una de las cosas correcta literal, pero no metafóricamente hablando).

Pese a ello, mantiene el simbolismo, reducido y menos presuntuoso. Por si acaso, solo. Radical, sin pasarse. No quiere enfadar al Altísimo. ¡Por Dios!

No quedan cereales.

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“No sabes que es el rock and roll hasta que tomas las drogas suficientes”, era su frase favorita, igual que “mi tiempo vale más que dinero”.

Pero llegó “no quedan cereales”, y rompió a llorar. Fue ahí. La realidad nos había alcanzado, y éramos como todos los demás. El alquiler se paga, como la comida y el tabaco; los excesos pesan. Borracheras, resacas y falta de sueño. Consumíamos la vida con hambre canina, sin masticarla y sin entender que hay un máximo de sensaciones que podemos experimentar. Todo, nos pasó factura a los nervios. Estábamos desquiciados.

Queríamos una vida auténtica, pero nuestro cuerpo no estaba preparado para ello. Así que íbamos con los nervios de punta. Y discutíamos borrachos y follábamos. Discutíamos de resaca y sus gritos eran mazazos en mi cerebro. Yo subía la música. No cabíamos ni en nosotros mismos. Apocalipsis en 45 metros cuadrados. Y salíamos a la calle a seguir echándonos cosas en cara. Hasta que nos nacían los besos del estómago de tanto arañarnos el corazón. Luego, vuelta a empezar.

Lo peor eran los domingos por la mañana, cuando aparecía el mundo real y el suelo lleno de latas de cerveza caliente con ceniza.

Y ese domingo, con los ojos llorando de tanto vomitar, vi a aquellas señoras mayores que se iban a misa de doce, y no pude mirarme al espejo. Encendí un cigarro. Supe que no aguantaría una próxima vez. Así que cogí mi chupa y me fui sin decirle nada. Nos salvé la vida.

<Este es un cuento antiguo, que hice en un taller. 250 palabras, inspirándome en las canciones de “4º Time around” de Bob Dylan y “Norwegian Wood” de The Beatles. Hope you enjoyed it.>