El Monstruo de los Calcetines

“No puedo quedarme a dormir” le dije. El insistió y yo tuve que confesar: “No tengo calcetines”. Era verano. “¿Y qué?” No comprendió. Dudé y me sonrojé.

Tuve que contarle que en mi cama hay un monstruo devorador de calcetines, me acuesto calzada en tela y me levanto con los pies desnudos. Luego, es imposible encontrarlos.

“Pero si no llevas no te los puede quitar, y ni siquiera estás en tu cama.”

Pensé en darlo por perdido. Este chico no entiende nada.

Aún así me explique: “Si no pagas el tributo de calcetines diario, tomará represalias con los deditos de los pies. Es un minotauro de somieres. Pero me persigue allá donde voy. Un poltergeist de colchón.” Confesado mi estigma, pensé que me dejaría marchar.

No. Prefirió traer calcetines para ambos, preguntando si así me quedaría. “Sí, claro”, había ofrecido sacrificio.

A la mañana siguiente, desperté como es habitual: con sueño y maldiciendo mi suerte. No me gusta madrugar. Puse ambos pies en el suelo, notando frío sólo en uno de ellos.

Me giré y allí estaba él, moviendo sus deditos descubiertos, pero intactos. Sonreía. “Lo siento” tartamudeé. Lo había convertido en víctima parcial del maleficio. Por mi culpa tenía dos calcetines sin pareja. Él simplemente soltó una carcajada y me preguntó qué desayunaba. “¿Cereales?”

Desde entonces compartimos monstruo y nunca llevamos calcetines a conjunto.

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No quedan cereales.

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“No sabes que es el rock and roll hasta que tomas las drogas suficientes”, era su frase favorita, igual que “mi tiempo vale más que dinero”.

Pero llegó “no quedan cereales”, y rompió a llorar. Fue ahí. La realidad nos había alcanzado, y éramos como todos los demás. El alquiler se paga, como la comida y el tabaco; los excesos pesan. Borracheras, resacas y falta de sueño. Consumíamos la vida con hambre canina, sin masticarla y sin entender que hay un máximo de sensaciones que podemos experimentar. Todo, nos pasó factura a los nervios. Estábamos desquiciados.

Queríamos una vida auténtica, pero nuestro cuerpo no estaba preparado para ello. Así que íbamos con los nervios de punta. Y discutíamos borrachos y follábamos. Discutíamos de resaca y sus gritos eran mazazos en mi cerebro. Yo subía la música. No cabíamos ni en nosotros mismos. Apocalipsis en 45 metros cuadrados. Y salíamos a la calle a seguir echándonos cosas en cara. Hasta que nos nacían los besos del estómago de tanto arañarnos el corazón. Luego, vuelta a empezar.

Lo peor eran los domingos por la mañana, cuando aparecía el mundo real y el suelo lleno de latas de cerveza caliente con ceniza.

Y ese domingo, con los ojos llorando de tanto vomitar, vi a aquellas señoras mayores que se iban a misa de doce, y no pude mirarme al espejo. Encendí un cigarro. Supe que no aguantaría una próxima vez. Así que cogí mi chupa y me fui sin decirle nada. Nos salvé la vida.

<Este es un cuento antiguo, que hice en un taller. 250 palabras, inspirándome en las canciones de “4º Time around” de Bob Dylan y “Norwegian Wood” de The Beatles. Hope you enjoyed it.>