Lola Puñales

Debería haber empezado por aquí. Lola Puñales vive en Gomorra, capital de la Provincia del Vicio, al este de Perdición. Pesa poco, mide poco y tiene el pelo oscuro. ¿Qué más da eso? Una chupa de cuero es su bien más preciado.

Nunca habla de sus padres o familia. La de verdad, digo, porque tiene amigos que siente como hermanos. De ellos sí habla, no mucho. A veces piensa en lo que va a hacer con su vida, luego se acuerda de que no hay futuro.

Odia las etiquetas. Es okupa, punk, peligrosa, revolucionaria, anarquista, feminista, furiosa. Lola es libre.

Ni virgen, ni mártir.

Lola puñales no cree en Dios porque le asusta. No es Virgen porque le han roto el corazón.

Sabe que su nombre, Dolores, recuerda el sufrimiento de Siete Espadas atravesándolo. Pero el suyo está roto, no trinchado. No aguantaba el dolor. Ella no quiere sufrir. Ni Virgen, ni Mártir. Por eso lo cambió, el nombre, no el corazón, que no se puede (y piensa que es una de las cosas correcta literal, pero no metafóricamente hablando).

Pese a ello, mantiene el simbolismo, reducido y menos presuntuoso. Por si acaso, solo. Radical, sin pasarse. No quiere enfadar al Altísimo. ¡Por Dios!

Buenos días.

Good morning Vietnam. Amanece en Gomorra. Lola Puñales tiene que cerrar los ojos porque la luz la hiere. Se desentiende de las voces a su espalda. No. Nadie va a estropearle esto. Es sagrado. Sacrosanta vuelta a casa mientras la ciudad duda bajo sus pies y vibra en su mirada.

Ojalá hiciese frío. Pero nada puede ser perfecto. No importa, porque nadie es perfecto. Así se entiende que el mundo encaje y siga girando. Porque gira, al menos a su alrededor. O quizá es la borrachera. O, tal vez, solo sueño atrasado y una palpitante resaca de soledad. De nuevo.